El que gobierna y quiere moldear el imperio,
veo que no podrá conseguirlo.
El imperio es una jarra sagrada
que no se puede manipular.
Quien lo trata, lo malogra.
Quien lo aferra, lo pierde.
Por eso, en lo que atañe a las cosas,
unas van primero y otras después.
Unas son ardientes y otras frías.
Unas son fuertes y otras débiles.
Unas son resistentes y otras frágiles.
Por eso, el hombre sabio,
Rechaza el exceso.
Rechaza la prodigalidad.
Rechaza la grandeza.
La conciencia universal del sabio (ver final del verso anterior) implica la no-ingerencia en los
detalles, y el rechazo del activismo que caracteriza la agitación del hombre profano.
Hay que dejar que el sauce crezca según su naturaleza y no hay que pretender que se transforme en
un ciprés.
Lo que es impuesto implica rechazo. Tan solo lo que brota de uno mismo adquiere el valor de
experiencia positiva.
A propósito de estos textos, aparentemente políticos, hay que notar que en sentido esotérico se
refieren al auto dominio, como en el I Ching, cuando se habla del hombre superior. Auto dominio que
excluye el esfuerzo ascético violento que lleva en sí la semilla del orgullo. Se trata más bien de la no
identificación del yo con los cambios continuos de tipo psicológico y afectivo que se producen dentro
de la complejidad del ser humano.
Querer adquirir la perfección de acuerdo a un modelo racional como hacían los letrados confucianos,
es precisamente lo aludido con el manejo delicado de la "jarra sagrada".
Los sentimientos (que preceden y siguen, ardientes y fríos, fuertes y débiles) desfilan como una
procesión frente al ojo mental del sabio que no se identifica con ellos, ni busca dominarlos por la
fuerza.
- Onorio Ferrero -
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